Cinémathèque / Chaplin | Comolli / Bazin

Fuera cual fuese nuestra ceguera cinéfila, terminamos por saber, sin embargo, que si íbamos a la cinemateca de Langlois, si ocupábamos nuestro lugar en las primeras filas, era para pasar del otro lado del espejo y entrar al mundo a través de los filmes, ingresar a ellos para atravesar la vida. Las iniciaciones no son sólo rituales: ponen formas en juego, imprimen significantes en la piel del sujeto que hace su rito de paso. Las proyecciones de la rue de Ulm dejaban huellas nos marcaban. ¿No se trataba, para el cinéfilo que era yo, de sentir la presión del mundo como presión estética? Me parece que sigue siendo así en nuestros días y que, en lo que me concierne, sólo puedo concebir una relación con el mundo en la mediación de una práctica artística. Es cierto que veo el inicio de esa práctica desde el lugar del espectador y que, a mi juicio, el cinéfilo, el espectador asiduo –lo que antaño llamábamos aficionado-, son operadores artísticos (aún cuando no reivindiquen estatus alguno de artista) en cuanto ingresan a una práctica real (ver películas) y adquieren una experiencia que no es tanto del orden de la cultura (erudición, dominio de las referencias) como del goce (pérdida de puntos de referencia). La crítica es el hogar del arte. Y su fuegobierno ardía en la cinemateca. El cine no para apartarse del mundo, evadirse, distraerse; al contrario, para llenarse de él, mezclarse en él. Un cine no sólo “impuro” según la célebre frase de André Bazin, sino manchado, amasado de carne y sangre, disecado en el tiranervios.

Jean-Louis Comolli.

La sociedad conserva mil convencionalismos que constituyen una especie de oficio permanente que se da a sí misma. Así ocurre en especial con la forma de comer en sociedad. Charlot no consigue nunca utilizar de modo adecuado sus cubiertos. Casi siempre mete el dedo en los platos, vierte sopa sobre el pantalón, etc. El colmo llega sin duda cuando él mismo se convierte en camarero. Religioso o no, lo sagrado está presente por todos lados en la vida social; no sólo en el magistrado, el policía o el cura, sino también en el ritual de la comida, de las relaciones profesionales y de los transportes públicos. Gracias a lo sagrado la sociedad mantiene su coherencia como si alrededor se creara un campo magnético. Inconscientemente, a cada minuto, nosotros nos alineamos sobre sus líneas de fuerza. Pero Charlot está hecho de otro metal. No sólo escapa a su influencia sino que la categoría de lo sagrado ni siquiera existe para él; le resulta tan inconcebible como la flor del geranio a un ciego de nacimiento. Más exactamente, buena parte de la identificación con Charlot nace de los esfuerzos que se ve obligado a hacer (debido a necesidades momentáneas) para ponerse nuestra altura.

André Bazin.

“Cine contra espectáculo” por Jean-Louis Comolli. Editorial Manantial, Buenos Aires.
Charlie Chaplin” por André Bazin. Editorial Paidós, Barcelona.

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Críticas/Notas/Investigación/Especiales/Recopilación Entrevistas por:

GERÓNIMO ELORTEGUI

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