Este 2008 se cumplen cuarenta años de la presentación pública de una de las películas más polémicas en la historia de nuestro cine mexicano: “Fando y Lis”. La cinta en cuestión es una verdadera obra maestra de Alejandro Jodorowsky (basada en una obra de Fernando Arrabal); nos muestra una alucinante viaje de una pareja de enamorados en la búsqueda de la mítica ciudad de Tar. La primera presentación se llevó a cabo en el Festival de Cine de Acapulco y estuvo envuelta en una serie de hechos anecdóticos entre los que sobresalen la indignación del público y el intento de agresiones contra el propio Jodorowsky, quien tuvo que salir literalmente huyendo del lugar. Buena parte de la prensa de la época trató mal a la cinta y la calificó simplemente de repugnante.
La obra plantea una estética de cuño marcadamente surrealista en la que los personajes se desenvuelven en atmósferas oníricas y simbólicas. Fando, siendo un niño, recibe el consejo por parte de su padre de buscar la ciudad de Tar, un sitio donde todos pueden alcanzar la felicidad anhelada, ya que ahí todo es posible. Un sitio donde una nube es una flor, un elefante es una ola y la luna unos labios. Tar puede representar el sitio de la poesía y la imaginación, el lugar donde el amor es posible. Justo a ese sitio es al que Fando, sabe, debe llevar a Lis -niña paralítica que fue objeto de abuso sexual durante su infancia-. Sólo ahí sería posible la verdadera realización de su amor.
Los paisajes en los que la acción se desarrolla se caracterizan por su profunda desolación. Un mundo desértico, vacío, piedras monumentales mostrándose ante el espectador transmiten la sensación de abandono. El viaje que deciden emprender los enamorados no es para nada idílico. Fando tiene que remolcar a Lis y en ocasiones cargarla, pero de tal forma (cruzando el cuerpo de ella por la espalda) que juntos forman una cruz. Los valles abandonados son los testigos de este especie de descenso progresivo en el que los amantes se ven envueltos. El encuentro con personajes y circunstancias emblemáticas hablaría del tortuoso camino que debe seguir el amor de pareja para su realización. Pareciera que Jodorowsky quisiera hacernos ver, de una manera similar a como lo expresaría Octavio Paz en el “Laberinto de la soledad”, que en el mundo contemporáneo todo se opone a la realización del amor y, en un momento dado, el peor enemigo del amor son los propios amantes.
En esta magistral reflexión cinematográfica, Jodorowsky, nos plantea que la vida interior de los personajes, sus propios traumas, sus dudas, celos y frustraciones son en última instancia determinante y lo que a la postre llevará a los protagonistas a dañarse mutuamente y eventualmente a la destrucción. La muerte se presenta como el único destino posible para aquellos que se aman. “Que bonito es un entierro” cantan festivamente los jóvenes amantes en uno de los pasajes más característicos de la película. De cierto modo, sólo la muerte puede ser pensada en algo de similar belleza al amor. El deseo de Lis es que Fando la visite al panteón cuando ésta muera, y éste por su parte promete visitarla “con una flor y un perro”.
Los propios miedos, dudas y obsesiones de la vida psíquica de los personajes se traduce en imágenes que pudieran ser pensadas como perturbadoras; sin embargo, no es que se muestren escenas duras en sí mismas, sino que más bien se presentan actos profundamente arquetípicos, como la escena inicial en que se abre con Lis devorando una rosa, u otra donde la misma Lis no puede consumar el acto sexual debido a que empieza a parir cerdos. Las cargas metafóricas son más que obvias.
En esta cinta se reconocen ya algunos de los temas recurrentes que Jodorowsky tratará en trabajos posteriores, como en “El topo”, “La montaña sagrada” y “Santa sangre”: sexualidad reprimida, masturbación, edipismo, una sociedad castrante, una religión decadente y el mundo simbólico de las cartas del Tarot, entre muchos otros.
¿Cuál es el sitio del amor en este mundo? Ninguno, pareciera querernos decir la película, ¿hacia donde escapar? Para ir en pos de Tar, hay que negar en cierto modo el mundo, escapar de esta grotesca realidad para poder encontrar ahí la felicidad perdida. ¿Existe Tar? ¿dónde está? ¿cómo llegar a ella? Fando y Lis se nos representan como una especie de Adán y Eva que anhelan el paraíso perdido, buscan volver al lugar de donde fueron desterrados.
La muerte es, como decíamos, la única vía de escape. La muerte y el amor plantean en el fondo una transformación de carácter espiritual. En este viaje épico, el amor termina despeñado, destruido por el ansia de realización. Contradicción trágica, ¿destino de todo amor? Tal vez.
Hay ocasiones en que el artista tiene la particularidad de mostrar los rostros que como sociedad no queremos ver. Quizá el rechazo del público del Festival de Acapulco de 1968 no fuera sino la reacción natural que se tiene para con quien viene a decirnos que nuestros sueños no son más que meras quimeras. De manera inmediata, odiamos a quien nos enseña lo crudo de la realidad. La sociedad mexicana de esos años, lo sabemos bien, reaccionó violentamente contra todo indicio de renovación, cambio y juventud. Eran los tiempos; qué se le va hacer.
Hoy, a cuarenta años, tenemos una distancia histórica necesaria que nos permite revalorar el genio creativo del Jodorowsky cineasta. Podemos ver sin rubor las imágenes y meternos en ese espacio de reflexión y acceder a uno de los universos imaginativos más innovadores de nuestra producción fílmica.
Por Mario Hernández