Paralelamente a los acontecimientos políticos, el ambiente cultural parisino estaba en ebullición. El 9 de febrero de aquel año Henri Langlois, secretario general de la Cinemateca Francesa y su fundador era desposeído de su cargo por decisión unilateral del Consejo de Administración, en el que naturalmente era mayoritario el propio Estado. Cartas, críticas y manifestaciones de todo tipo llovieron sobre esta lamentable decisión. Entre las figuras del cine que levantaron sus voces airadas estuvieron: Buñuel, Hawks, Chaplin, o Marlene Dietrich. Todos ellos se negaron a que ninguno de sus filmes se proyectase en la Cinemateca, salvo que Langlois fuese restituído a su puesto. Ante tal escándalo se formó un Comité de Defensa de la Cinemateca Francesa en la que figuró como Presidente de Honor Jean Renoir. Toda una pléyade de intelectuales y cineastas franceses formaron este Comité: Alain Resnais, Henri Aleken, Pierre Kast, Jean Luc Godard, Jacques Rivette, François Truffaut y Jacques Doniol-Valcroze.
Ante tanta presión el Estado decidió retirarse del Consejo de Administración de la Cinemateca, devolviéndole a ésta el carácter de asociación privada y reponiendo en su cargo a Langlois. Esto era lo justo y lógico, pero el Estado Francés fué tan ruin que suspendió toda subvención económica al templo del cine francés. Así pues lo dejaba libre, pero en la ruina más negra. Este hecho fue el detonante que provocó las iras de aquellos jóvenes cineastas, cuyas conciencias se revelaban ante la hipocresía de un Estado que inflaba por una parte los fastos relucientes de un festival como Cannes y por otro quitaba todo el aire al verdadero cine. La Gran Sala se convirtió en una “toma de la Bastilla” en la que Truffaut, Godard y Albiccoco blandieron sus banderas republicanas. Los jóvenes rebeldes presionaron al jurado del que formaban parte Roman Polanski, Louis Malle, Monica Vitti y Terence Young, para que el certamen se sumara a la Huelga General.
Poco despues el delegado general del certamen tuvo que bajar a la gran sala para difundir el siguiente comunicado: “En razón de la dimisión de cuatro de sus miembros, en virtud de los acontecimientos actuales, el Jurado declara no estar en situación de ejercer sus funciones. En consecuencia, el Consejo de Administración del Festival, constantando que ya no se reúnen las condiciones necesarias, decide que la competición quede suprimida. Las proyecciones previstas se reemprenderán a partir del domingo 19 de mayo, a menos que los productores y realizadores se opongan a la proyección de sus filmes”. Los jóvenes rebeldes siguieron presionando a los responsables del festival hasta que no quedó más remedio que bajar todas las banderas. Este hecho ocurría justamente el domingo 19 de Mayo de 1968, con lo cual el XXI Festival Internacional de Cine de Cannes, quedó para la historia como el Festival que nunca existió.

