Historia del Gran Teatro de La Habana
El Gran Teatro de La Habana es una de las más importantes instituciones culturales de América Latina. Hacia mediados del siglo XVIII, Cuba era posesión española en el Caribe y La Habana, su capital, sólo tenía dos teatros incapaces de satisfacer las necesidades de esparcimiento a que aspiraba la población. Uno era el Principal, ubicado por donde hoy se extiende la Avenida del Puerto, al extremo de la vieja ciudad intramuros; otro, el Diorama, un poco más céntrico, pero aun más pequeño. Don Miguel Tacón había asumido la Capitanía General del territorio insular con mano dura, en 1834; y concibió la idea de construir un teatro para neutralizar ciertos males visibles en la villa, lograr con algunas obras públicas desviar la atención de los criollos de la política represiva que aplicaba; y de paso, obtener una apreciable fortuna y no pocos títulos de nobleza.
Para sus propósitos contaba con un amigo catalán, Don Francisco (Pancho) Marty y Torrens, y lo llamó para que asumiera la construcción. Este señor era miembro de la camarilla de palacio y un negociante de dudosa ejecutoria, con una fortuna bien amasada con la venta de pescado. Por esos días, ya era empresario del par de teatros existentes. No hay que decir que este individuo aceptó de buen grado, y atento al dorado filón se sumó al juego de solicitudes y apremios, Un sólo ejemplo basta para imaginar la cuantía de las ganancias: se aseguraba por veinticinco años las utilidades de seis bailes de carnaval anuales; una concesión que promovió gran escándalo, pero se mantuvo.
En su libro Gran Teatro de La Habana: biografía de un coliseo, Francisco Rey Alfonso hace un análisis exhaustivo de todas las operaciones realizadas para echar a andar el negocio, con riqueza de informaciones, datos y hechos que abarcan, prácticamente, hasta nuestros días, en vísperas del 170 aniversario. Mientras los comentarios acerca de la pareja y sus turbios manejos seguían, y las obras su curso en medio de irregularidades; muchas voces se alzaron, entre ellas la protesta del arquitecto Jerónimo de León. Lo que al principio se llamó Teatro Nuevo, fue desde noviembre de 1837 Gran Teatro Tacón, como una deferencia de Pancho Marty con su protector
El hecho cierto es que hubo funciones con un ventrílocuo y mago, aún sin estar concluido el edificio pero siendo ya la construcción un hecho irreversible. Las labores adelantaron tanto que el 18 de febrero de 1838, se dio la segunda temporada de bailes carnavalescos. Y el 15 de abril, menos de dos meses después, se inauguró formalmente el Gran Teatro de La Habana, cuando la Compañía Dramática Española, de Gregorio Duclós, subió a escena Don Juan de Austria o La vocación de Delavigne. El estreno fue tema obligado de comentarios, y el inmueble realmente desconcertante por sus exteriores carentes de adornos. Sin embargo, convencía por las dimensiones jamás vistas, e indudablemente se correspondía con una época de prosperidad.
Era señal de los nuevos tiempos en la economía criolla, cuyos avances en la producción azucarera la insertaban en la órbita del capitalismo financiero mundial. Y desde su apertura, la opulencia del edificio lo hizo teatro de la aristocracia habanera, a donde iban a exhibir su boato y poderío. No obstante, ese ascenso de la clase pudiente torció los caminos. El Tacón acogió el nacimiento del romanticismo escénico en la Isla, y bajo tales preceptos, se originaron enfrentamientos entre cubanos y españoles que, en alguna medida, abrieron la brecha ideológica conducente a la primera guerra de independencia.
Por ironías del destino, el mismo día de la inauguración le llegó a Tacón la Real Orden de su sustitución por Joaquín de Ezpeleta. En el “juicio de residencia” a propósito del teatro recién construido, el destituido gobernante intentó explicar los malos manejos y justificar los costos en 200,000 pesos: cifra con la que el amigo Pancho no estuvo de acuerdo, pues estimaba un coto superior en 91,507 pesos con 16 reales. Después vinieron ciclones, la propiedad fue vendida y recuperada, sufrió transformaciones que la hicieron ver más esbelta y, finalmente, en 1866 el ladino comerciante Pancho Marty falleció y con ello aparecieron nuevos dueños: la viuda e hijos, que también heredaron considerables deudas.
Pese a todo, las funciones no se detenían. Aunque hubo épocas muy difíciles, en que parecía venirse abajo; y ya próximo el siglo XX, una firma norteamericana se hizo dueña del inmueble por 300,000 pesos. En el año 1900 ocurrió el desplome de la famosa araña, un motivo de alegría para unos y de tristeza para otros. Pero antes de las 24 horas fue sustituida con un plafond de cinco puntas, de donde surgió la idea de llamarlo Teatro La Estrella, que no prosperó. Con el advenimiento de “la república”, se decidió llamar al coliseo Gran Teatro Nacional, y a fines de 1904 se supo el interés del Centro Gallego de La Habana en su adquisición. Las gestiones demoraron varios años, con opiniones a favor de que fuera adquirido por el estado cubano.
Tomás Estrada Palma, en su condición de Presidente de la República, primero dijo una cosa y después otra; y el 6 de enero de 1906 el Centro Gallego adquirió el terreno con todos los inmuebles a un costo de 525 000 pesos. El proyecto constructivo se abrió a concurso y a los tres años de haberse colocado la primera piedra, el 8 de diciembre de 1910, se firmó la escritura relativa a la ejecución de las obras a partir de la propuesta presentada por el belga Paul Belau.
Es significativo que a lo largo de tantos años de existencia, y sobre todo en momentos de reparación, reconstrucción y remodelación, las etapas en que se detuvieron las funciones fueron cortas y hasta llegó un día que se convirtió en cine. Con la puesta en escena de la ópera Aída, de Verdi, por la compañía de Adolfo Bracale, el 22 de abril de 1915 el Gran Teatro Nacional volvía por sus fueros de gran plaza teatral. En esa fecha, la distribución del salón comprendía 6 palcos de proscenio, 28 de platea, 29 de primer piso y 29 de segundo. Contaba con 554 lunetas y se había ejecutado a un costo inicial de dos millones de pesos.

