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Febrero 28, 2008

Los Makhmalbaf

Archivado en: Lente Creativo Cine — Gerónimo @ :

Contar una historia, narrarla, es un hecho tan simple como mágico. Salvo que en el lugar en el que se viva no haya lugar ni para la simpleza ni para la magia. Filmar en Irán siempre fue difícil para Mohsen Makhmalbaf. También lo es hoy para sus hijas, pero, como si se tratara de un pequeño ejército de la resistencia, ellos siguen apostando al cine, y llevan ganadas algunas batallas. Mohsen lleva filmadas más de veinte películas y cosechó, a lo largo de su carrera, decenas de premios internacionales.

Claro que no todas fueron caricias para su ego: toda su vida sintió (y todavía siente) la mirada fija en su nuca de la censura y del fundamentalismo religioso más extremo. Por eso, cuando su hija mayor, Samira le informó que no pensaba volver a pisar el colegio y que quería ser cineasta como él, Mohsen no estuvo de acuerdo, pero sabía que tenía motivos para tomar esa decisión: no soportaba el adoctrinamiento ideológico. “En Irán, hasta en las clases de matemáticas y química está incluída la religión”; explicó Maysam, el hermano menor de Samira en una reciente entrevista.

Entonces, Mohsen encontró una solución: fundaría una escuela de cine para todos aquellos niños a los que les interesara aprender a contar historias, actuarlas, ponerles sonidos, músicas, silencios. “Se dirigió a nosotros y nos dijo que pensáramos qué queríamos porque no estaba dispuesto a que dos años después le planteáramos lo mismo y tener que empezar de nuevo”, recuerda Maysam.

Hana Makhmalbaf cultiva el misterio –no dice si vive en su ciudad, Teherán- y tampoco da pistas sobre el paradero de su familia. Hija de director y guionista y con dos hermanas realizadoras, sólo desvela que su padre, el director Mohsen Makhmalbaf abandonó el país hace tres años y medio y todavía no ha regresado. “Por el cine, todos vivimos como gitanos. Somos nómadas para escapar de la censura”, explica la autora de esta historia que sigue a una niña de seis años que sólo quiere ir a la escuela para aprender historias bonitas que el próximo viernes se estrena en nuestro país.

Hana lleva varios meses promocionando su filme “Buda estalló de vergüenza” que comienza y termina con imágenes de la destrucción de las grandiosas estatuas de Buda en Bamiyán, en el centro de Afganistán, en febrero de 2001. Donde estaban los Budas que volaron los talibanes hay un enorme hueco en la roca, en cuyas inmediaciones, en cuevas, viven un grupo de niños que sólo saben jugar a la guerra.

“Mi prioridad siempre fue que los niños comprendieran que era un filme que hablaba sobre la situación de la infancia y del impacto que tiene la violencia en los más pequeños y como éstos la reflejan en sus juegos. Son chicos afganos, pero el tema es universal porque la violencia está en todos los sitios”, explica.
No oculta la benjamín de los Makhmalbaf que escogió un país “tan extraño” como Afganistán “porque para todos las estaturas de Buda eran un símbolo de inocencia y de bondad.

Se supone, además, que las estatuas de piedra no tienen sentimientos, pero no es cierto porque se averguenzan cuando ocurren cosas malas y destructivas. Me gustaría que la película ayudara a ver lo que está ocurriendo allí. Los buenos políticos no son los que pueden predecir el futuro, sino los que saben analizar lo que está pasando”, expresa.

Con pocos medios y muy buen ojo para escoger entre más de cien chiquillas a la inocente Nikbakht Noruz, Makhmalbaf hace suyas las palabras de su progenitor, “que siempre dice que si en lugar de bombas lanzarán libros, Afganistán sería otro país. Las bombas y la fuerza no son la solución. Durante el rodaje conocimos a un hombre que había sido comunista durante la invasión rusa, mula con los talibanes y ahora trabajaba con los norteamericanos. Es decir, que sabía muy bien del lado de quien tenía que estar en cada momento”, recuerda.

Decepcionada porque ‘Buda…’ no se ha visto en Afganistán -“nos prometieron que la iban a proyectar, pero todavía no han cumplido su palabra”-, la directora espera poder trabajar algún día en su país, donde, más que por ser mujer, lo tiene complicado por la familia de la que proviene. “Mi padre quería crear una escuela para cien alumnos, pero el Ministerio de Cultura le denegó el permiso, dijeron que con un Makhmalbaf era suficiente”, comenta. Por eso, la iniciativa incluyó sólo a sus hijos y a otros chicos conocidos.

Había tres tipos de clases, que sus hijos agrupan en clases para vivir mejor, cómo ser mejor personas y técnica cinematográfica. “La técnica puede aprenderse en cualquier otra escuela, pero nuestro padre insistió en la formación humana”, recuerda Hana, la más pequeña de la familia. Así, Mohsen, su mujer Marsiyeh, Samira, Maysam y Hana se convirtieron en un virtuoso círculo de artistas que cosechan premios internacionales y cuentan historias simples y mágicas. Claro que no fue fácil: sufrieron atentados en pleno rodaje, amenazas y actos de sensura. Pero estaban preparados para soportarlo.

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