El mundo necesita más fantasía. Nuestra civilización es demasiado mecánica. Podemos convertir lo fantástico en real, transformándolo en más real que lo que realmente existe», dejó dicho Salvador Dalí, uno de los pilares del surrealismo. Conviene tener presente esa premisa para adentrarse en la muestra bautizada como Cosas del Surrealismo, la exposición consagrada a los artistas encuadrados en ese movimiento que el Guggenheim Bilbao abre desde hoy al público. Son 250 objetos (cosas) pero tampoco ocupan tanto espacio como pueda parecer en un principio: la labor de puesta en escena ha dispuesto un recorrido donde el visitante puede rastrear las claves del movimiento en su relación con el mundo del diseño y la promoción comercial.
La pinacoteca bilbaína ha distribuido las piezas en 5 espacios, en un montaje y puesta en escena que ha corrido a cargo del Victoria & Albert Museum de Londres (V&A) y ha sido comisariada por la conservadora del propio museo, Ghislaine Wood quien afirmó ayer, durante la presentación de la muestra. «El movimiento surrealista produjo algunos de los objetos visualmente más intrigantes del siglo XX. Se apoderó de la imaginación popular y su fuerza hoy sigue estando vigente». La totalidad de la tercera planta del Museo diseñado por Frank Gehry se transforma por medio de una escenografía inspirada en las apasionantes y sorprendentes puestas en escena de los propios surrealistas, que ha sido diseñada especialmente para Bilbao por el equipo de arquitectos londinense Metaphor.
El visitante podrá contemplar, a través de esta espectacular puesta en escena, el desarrollo y trayectoria del movimiento artístico de vanguardia más influyente del siglo pasado, fruto de la ideología política de Karl Marx y del psicoanálisis de Sigmund Freud, en un recorrido por los trabajos más singulares y reconocidos de sus principales protagonistas: Salvador Dalí, René Magritte, Jean Arp, Joan Miró o Giorgio de Chirico. La muestra, dispuesta en la tercera planta de la pinacoteca, ha sido organizada desde un punto de vista temático y no cronológico, tal y como señaló ayer la comisaria durante su presentación. La exposición se distribuye en cinco secciones temáticas, e incluye desde mobiliario a joyas, vestidos, filmaciones, objetos, cuadros y fotografías: El ballet, el objeto, la naturaleza, el cuerpo y el interior.
La muestra subraya la evolución que experimentó el Surrealismo desde su nacimiento como movimiento artístico de vanguardia políticamente radical hasta convertirse en un fenómeno cultural, «que transformó el mundo del arte, el diseño, la moda, la publicidad, el diseño de joyas, la fotografía, el cine, y las artes decorativas en tan sólo una década, y que incluso, hoy día, sigue ejerciendo una importante influencia en muchos campos», afirmó el responsable de la pinacoteca, Juan Ignacio Vidarte.
El término Surrealismo fue acuñado en 1917 por el crítico de arte y poeta Guillaume Apollinaire. En 1924 André Breton lo utilizó para describir un movimiento políticamente radical que aspiraba a cambiar la percepción del mundo. Durante los años treinta el Surrealismo traspasó los límites de lo que era un movimiento artístico radical de vanguardia y llegó a influir en diferentes ámbitos como el cine, el teatro, el diseño, la moda y la publicidad. Para algunos, la asimilación del Surrealismo por parte del mundo comercial debía ser algo aceptado e incluso celebrado, mientras que para otros iba en contra de los principios políticos del movimiento.
“Cosas del Surrealismo” es la primera muestra que analiza la forma en la que la mayoría de los artistas surrealistas se fueron introduciendo en el mundo del diseño y, de igual forma, cómo los diseñadores se sirvieron del Surrealismo como fuente de inspiración, de las cerámicas diseñadas por Miró a los modelos que inspiraron a Salvador Dalí. La comisaria Ghislaine Wood recordó el proceso de gestación de la exposición. «El proyecto surgió casi por accidente como exposición. Ha habido muchas muestras dedicadas al surrealismo pero ninguna ha analizado su transferencia al mundo comercial», recordó la conservadora del Victoria and Albert Museum de Londres.
Desde su punto de vista, la relación entre ambas disciplinas ha sido «truculenta» pero «casi todos los artistas trabajan hoy en el mundo del diseño». Para Wood, si algo simboliza el espíritu del movimiento es «la unión entre la carretilla de Oscar Domínguez y la fotografía de Man Ray: ahí está toda su esencia resumida». Dalí, colaborador de cineastas como Buñuel y Hitchcock y afluente principal del surrealismo comercial, decía: «Trato de crear cosas fantásticas, cosas mágicas, como en un sueño. El mundo necesita más fantasía. Nuestra civilización es demasiado mecánica. Podemos convertir lo fantástico en real, transformándolo en más real que lo que realmente existe». La potencia magmática de las imágenes que manejaban estos artistas explican sólo en parte el éxito del surrealismo, término acuñado en 1914 por Apollinaire, que tomó cuerpo diez años después en el manifiesto de André Breton.
Un festín para los sentidos es lo que ofrecen las obras maestras reunidas para esta ocasión. Pinturas de Magritte, Ernst, Dalí o Tanguy, objetos que se han convertido en iconos como el primero de los cinco Sofá en forma de los labios de Mae West o el Teléfono Langosta de Dalí. El diseño tiene un protagonismo merecido con los vestidos de Elsa Schiaparelli (Desgarro o Esqueleto) o la recién descubierta Mesa con patas de ave de Oppenheim. Pero la lista es interminable: figurines de De Chirico, para Diaghilev; la Venus de Milo con cajones, de Dalí; la Carretilla, de Óscar Domínguez -a quien la muestra reivindica como uno de los grandes del surrealismo-; o la Cama-jaula con biombo, de Max Ernst. La inspiración en la naturaleza alcanza su grado máximo en el biomorfismo de la Cabeza y concha, de Jean Arp; los Pendientes para Peggy Guggenheim, de Tanguy; obras del realizador Jean Cocteau, Matta, Moore, Gorky; el Sofá en forma de nube, de Noguchi, o una maqueta de la decoración de Kiesler para la galería Art of this Century, de Peggy Guggenheim. El arte surreal es una emulsión en manos de Man Ray y se convierte en joyas, como la Estrella de mar daliniana, cuyos tentáculos abrazaron el mundo.

